CRÓNICAS DEL BARRIO: El colectivo talla baja

Kiran Miya / Venezuela RED Informativa

Una casa rodeada de gatos, detritos y escombros. Una casa de chatarra donde los días se cuelan–gota a gota– por las ranuras del techo. Pero nadie puede negar que es una casa. Con cuatro ruedas de caucho desgastadas; vidrios rotos y unos rines oxidados. El volante que ya no conduce a ninguna parte. El motor paralizado y sin esperanza de volver a rugir. Una casa de chatarra a punto de ser fundida para convertirla en cabillas. Es la casa de la Shirley. Porque soporta la lluvia y el frío cede; hasta que el sol calienta a mediodía y llega la hora de despertar y salir a la calle de donde nunca han salido, ella y su pareja.

Porque la noche fue ruda y no fue noche sino carcajada, aliño de química violenta, piedra azul y transparente, caña como gasolina y hasta una bala errática que alguien disparó con alarde de odio.Y detrás de las rendijas y las puertas medio entornadas, hay ojos de día y de noche que no se ven pero que miran y juzgan a cada hora las rutinas de la Shirley y su marido. Las cuales, se resumen a un perímetro reducido: no más allá de los doscientos metros, a partir dela casa-carro. Estacionada en una de las tantas esquinas de la ciudad donde menudean a toda hora los delitos para sobrevivir. A merced de una esclavitud que tiende a ser vitalicia. Que se goza por instantes inhalados de humo blanco. Que descalabra el corazón que palpita a contra reloj para luego descender bruscamente su ritmo hasta el subsuelo como un taladro infernal que no toca fondo pero que baja y baja y baja y que reclama más absorciones de humo para volver a elevarse por encima de los ojos, tan abiertos como un despeñadero, desde adentro.

Toda la vida ofrendada a la piedra. Toda la vida girando alrededor de la piedra: relaciones amorosas, trámites callejeros de la infancia canina y los hijos que llegaron sin que nadie los invitara.Amén de la vejez que viene y se instala con una tercera pata como la que tiene Rivas-Rivas. Éste, cada vez que sale un bono emitido por el gobierno revolucionario, madruga para estar de primero en la puerta del banco. Y pasa que su bastón le lleva la delantera. No se sabe cuál de los dos está más flaco: si Rivas-Rivas o su bastón. Sin embargo, Rivas-Rivas continúa apoyando al gobierno y cuando se realizaron las últimas elecciones para diputados, hizo pasar a su casa a uno de los candidatos que ese día realizaba una campaña proselitista por las veredas del barrio. Un tipo que antes había sido basquetbolista y que ahora engordaba como otro político más de los que engordan dentro de la Asamblea Nacional.

Y al igual que Rivas-Rivas, la Shirley también apoya al gobierno, pues, además de la droga que logra vender gracias a la protección que por debajo de cuerda le brinda la FAES, el gobierno cuenta con su voto a la hora de negociar los respectivos bonos. No obstante, las barreras (morales) que hasta hace poco circunscribían el botadero donde se encuentran los contenedores; se han desdibujado y cada día son más las personas que acuden allí para abastecerse de un mendrugo o para sustraer alguna prenda de la basura desperdigada. Dado que todo es posible hallarlo allí.Y sin costo alguno. Únicamente hay que tener mucha hambre, estar loco o haber perdido la dignidad para decidirse a escarbar. Y no olvidemos que la dignidad es un tumor que puede extirparse fácilmente, de acuerdo con la vicepresidenta DR.

El contenedor vendría siendo la base de la pirámide alimenticia y también la caja de Pandora de las mercancías reciclables para ser reutilizadas; más allá de cualquier fecha de vencimiento. Pero hay un punto equidistante, entre el hambre, la locura y la pérdida de la dignidad. Y la Shirley, así como la mayoría del país lumpen, están prendidos de ese punto. Que no es una estrella ni mucho menos un sol fallecido. Sino un punto insidioso que está en todas partes pero que a la vez resulta bien difícil de ubicar. A medio camino entre la realidad visceral y el delirio hiperrealista.

Mientras Rivas-Rivas camina a millón, muy temprano con el bastón por delante rumbo al banco antes de que abran, pues, su paciencia se nutre de largas colas y esperas agobiantes, que han terminado con cualquier indicio de protesta, rabia contenida, molestia o queja. Rivas-Rivas lo aguanta todo por unos frijoles chinos envejecidos, salpicados de cagarrutas de ratón; pero se siente afortunado por integrar el colectivo talla baja.

Para ingresar al colectivo talla baja, únicamente hay que cumplir con los requisitos de la talla baja. Después del último agujero del cinturón y nadando entre los calzones. Cuando los huesos esculpen filosos la piel desde adentro y empujan hacia afuera como crestas de cartón endurecidas. De esta manera, el esqueleto pugna por salirse de la piel de quienes integran el colectivo talla baja. Para ellos, los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, mejor conocidos como los CLAP, destinan unas bolsas de alimentos repotenciadas con mayor carga de carbohidratos. Miden a los sujetos más famélicos y resuelven una ecuación simple:la estatura dividida por el peso y la circunferencia de la cintura promediada por las escápulas que sobresalen por encima de la espalda.

Para formar parte del colectivo talla baja únicamente hay que cumplir con los requisitos establecidos por las mediciones. Y optar por una bolsa adicional de carbohidratos que hará que algunos, no todos, que han sido agrupados dentro del colectivo talla baja, estallen de gorduras tan inflamadas y fofas que parecen muñecos de látex. Como la gordura del Politólogo, el comisario de la primera calle y jefe del callejón Linares, quien, cuando se mira en el espejo del abasto, confiesa a su mujer que se siente superior a los demás habitantes del barrio, tanto en arrobas como en lo concerniente a la autoridad que en él ha delegado el partido. En cambio, ni la Shirley ni Rivas-Rivas engordan, sino que enflaquecen como alambres de púas. La Shirley a causa de la piedra y Rivas-Rivas por la mente que no le deja tregua por su vocación rastrera. Y es que su ser rastacuero lo consume hueso a hueso, sin concederle una mínima tregua que le permita engordar unos pocos centímetros.

Rivas-Rivas iza la bandera los días patrios y los días en que el partido de la revolución celebra el cumpleaños de alguno de sus héroes, mártires y afines. Como el mártir Robert Serra, asesinado por su escolta(y amante)de cincuenta puñaladas, en el interior de la misma casa que el líder de la revolución había convertido en un bunker infranqueable, ubicado en la esquina Gran Colombia, al sur-oeste del barrio sin ley. O sea, que la casa que el partido destinó a la memoria del mártir, no es la casa donde vivió Robert Serra. Pero la gente se acostumbra –por el oído– a repetir lo que no es y termina siendo lo que es: la casa de Robert Serra. Un santuario que no es un santuario sino un despeñadero de la anticultura lumpen. Aunque se ha determinado que es un memorial, una casa de la cultura, un albergue del humanismo que pugna en contra de la barbarie. Tal como sucedió la noche en que quemaron la casa de Robert Serra. Es decir, la casa que no era la casa de Robert Serra, pero que así se conoce.

Otra trampa de la razón para cazar incautos. La quema de la susodicha casa. A manos del Politólogo, como bien se sabe en el barrio sin ley. Así como otras sinrazones que derivan en razones de la revolución y que abundan dentro del repertorio ideado para inflamar los ánimos de los lumpen revolucionarios. A falta de algo que pueda considerarse una ideología o una falsa religión. Abundan las leyendas urbanas, suburbanas y las hay también, ubicadas por debajo de las alcantarillas más recónditas. Y así la ley del barrio sin ley, desteje lógicas y las enmaraña de voces, entusiasmadas; voces de las calles que son legendarias por violentas. Como el callejón Mano Oculta.

Una topografía pornográfica de los delitos, cometidos por los personeros de la ley, en nombre de la ley, el amor y la paz. Pues, tanto el callejón Mano Oculta como las alcantarillas más recónditas, forman laberintos dentro de la psiquis del pranato gobernante. Que desembocan en una única psiquis colectiva;amalgamada en la milicia, el colectivo talla baja y los derivados policiales y parapoliciales; así como militares y paramilitares, en cuyas armas descansa el futuro inmediato de la revolución. Siempre contra la pared. Contra la razón y contra todo lo que sea diferente. Y en esto consiste la igualdad, bien aplicada sin anestesia. Pues, está demostrado que cualquiera puede ser diferente por re o por fa. Y, puesto que todos estamos bajo sospecha. El resto es silencio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

dos + dos =