CRÓNICAS DEL BARRIO: La increíble y triste historia del sapo que quiso ser poeta

Kiran Miya / Venezuela RED Informativa

Érase una vez un sapo que soñaba con ser poeta. Había elegido un pozo donde se contemplaba todos los días –durante horas–, absorto en su propia imagen. Además de amarse a sí mismo por encima de todas las cosas –incluso más que a Dios–, aparentaba ser un sapo muy bueno.

Hasta que un día se autodecretó poeta. A partir de entonces su canto quedó plasmado en innumerables versos de amor; de guerra –en contra de las injusticias sociales– y de alabanza a ciertos líderes carismáticos de su época. Con el correr del tiempo, pasó de la adoración ensimismada y solitaria, a compartir los salones donde la fama rutilaba. Hizo amistades con la crema y nata de la política y las bellas artes y compartió menesteres con los poetas más prestigiosos del país. En adelante, la imagen del poeta-sapo se reprodujo por medio de las artes gráficas. Se hizo adicto a la fotografía. No podía ver una cámara fotográfica porque rebuscaba una pose, automáticamente. Ya no se acordaba que había sido un sapo. Estaba tan embebido de sí mismo –al verse como un poeta y además como un defensor a ultranza de los derechos humanos–, que no le quedaba tiempo para identificarse con su ser natural.

Una madrugada los cuarteles se rebelaron. Hubo disparos, muertos y aprehendidos. La rebelión fue sofocada. Pero de ella surgió un líder que encarnaba las frustraciones, las ambiciones y la sed de justicia que había sido postergada durante tanto tiempo. Muchos habitantes del país veían en el nuevo líder una representación de ellos mismos. Una considerable mayoría seguía a este personaje surgido de la uniformidad de los cuarteles. Cada quien había cultivado sus propias expectativas. El futuro estaba a la vuelta de la esquina. De la noche a la mañana se invocaron mitologías; gestas heroicas y toda clase de fantasías redentoras. Los pobres avizoraban el paraíso tantas veces postergado.

Empresarios, activistas, políticos, intelectuales, artistas –todos a una–, decidieron iniciar un “proceso”. Y comenzaron a hablar del proceso con el candor de los elegidos que soñaban con habitar una tierra prometida; experimentando una utopía en pañales, con la idea de una historia perfectible de la cual todos –sin exclusión– serían los protagonistas. El poeta-sapo, abogaba por una democracia donde no hubiera perseguidores ni perseguidos. Una sociedad que pudiera protestar las veces que lo considerara necesario, sin verse asediada por las bombas lacrimógenas ni sacrificada por el plomo a mansalva. Donde el hambre fuese una mala palabra y donde la riqueza se distribuyera de acuerdo con las capacidades y las necesidades de cada quien, y no por la complicidad de quienes se encargaban de repartir los bienes con que contaba el país, el cual, había sido bendecido por la madre naturaleza con tierras surcadas de ríos y provistas de abundantes minerales; además de un clima que hacía reverdecer las montañas, los llanos y los bosques durante todo el año. Por este y otros motivos, el país se ofrecía como un botín codiciado por propios y extraños.

El poeta-sapo saltaba con sus versos, acompañando las propuestas del líder que se había sublevado desde los cuarteles. La Biblia y El Capital de K. Marx fueron mezclados en un mismo arroz con mango y algunos historiadores egresados de las universidades, echaron mano de un pasado idealizado con épicas adulteradas para diseñar un futuro difuso, más falso que una moneda de quince. Todos iban contentos, vehementes e impetuosos, rumbo al matadero; poseídos por la ceguera que los dioses tremebundos habían esparcido como una fina escarcha negra por doquier. Y así fue aconteciendo –día tras día y año tras año–, esta fábula orwelliana, a la cual bautizaron con el pomposo nombre de Socialismo del siglo XXI.

Al cabo de unas décadas, el país había retrocedido. El hambre y las enfermedades cundían por doquier. Y las personalidades más descollantes del proceso se habían trastocado por completo, hasta llegar a los extremos de las contrarréplicas, siendo ellos mismos sus propias negaciones. Y el poeta-sapo –otrora defensor de los derechos humanos–, se había convertido en un esbirro. Un verdugo implacable que ostentaba una hipertrofia muscular propiciada por el consumo desmedido de sustancias retrovirales, pues, había contraído el síndrome de inmunodeficiencia adquirida. Ya no cantaba, sino que croaba. Croaba y croaba. Tan feo que los niños se asustaban cuando aparecía por la tele denunciando y encarcelando a este, a este otro y a esta otra. Y aquel pozo que un día había sido tan claro, en donde el poeta-sapo solía contemplarse, se convirtió en un charco podrido. Muy cruel y otra vez más cruel.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

9 − 4 =