De humildades, disonancias y complejos pendejos

Eduardo José Figueroa Marchena / Venezuela RED Informativa

Obedeciendo aforismos de Moliere yo intento redactar soliloquios inconclusos, incomprensibles devenires y actitudes que no hacen otra cosa que estatizar desde sus albores cualquier derrotero que se trace para el necesario saneamiento político, social y hasta cultural en Venezuela.

Cada día hay más actores, movimientos, iniciativas, proyectos y planes que aparentemente persiguen el divino propósito de sacar del coma inducido a nuestro país, los hay de todo tipo y tendencia, algunos improvisados y halados de los pelos, otros bien planeados, con base académica, argumentados en datos y resultados. Todos persiguen un fin y quizá por ello algunos se tomen con principios fundamentalistas aquella perjudicial frase de Maquiavelo; “el fin justifica los medios”. Y no, coño no, el fin no puede justificar los medios, porque de hacerlo entonces estamos validando los genocidas “medios” del chavismo para atornillarse del poder, legitimamos los criminales “medios” de la oposición interina para coronarse emperadores de un imperio de papel y cartón quemado. El fin no puede justificar los medios y menos si estos llevan a la corrupción, al atropello de leyes y valores, violan derechos universales y manipulan sobre las necesidades, eso es macabro.

Tengo al menos una década estudiando e intentando comprender las consecuencias sociales que derivan de impulsos o complejos conductuales, y aunque los títulos, así sean de Harvard, nada valen y nada pesan (demostrado por Leopoldo) creo que algunas cosas me han quedado, entre ellas con remarcador rojo fluorescente están los datos, el empirismo y el soberbio e indiscutible argumento que arrojan los mismos resultados tras las mismas acciones, una y otra vez, como si de un bucle temporal se tratara, como si nadie quisiera ver, como si nadie quisiera entender. En filosofía existe una referencia a tal fenómeno; la heurística del juicio, es la explicación a siglos de conductas erráticas, al fenómeno del mismo golpe, en el mismo dedo, del mismo pie, contra la misma piedra. El razonamiento sostiene que cuando queremos creer que algo es de una manera, así existan pruebas claras de que no es así, nuestro cerebro desaparecerá tales pistas, dejando nuestra capacidad de análisis embriagada con los argumentos que deseamos ciertos y apuntan a nuestro objetivo. Por eso algunos siguen creyendo que sus parejas tienen primos lejanos cariñosos que dan besos con lengua, por eso algunos se compran un carro proveniente de un deshuesadero y ni siquiera los perturba el crujir del tubo de escape chocando contra el asfalto.

Parece ser que esa heurística es la verdadera ganadora en cada batalla, congelando cada oportunidad de avance que hemos tenido, y resulta vencedora pues obnubila, envuelve, el sesga criterio de los que algo intentan hacer convirtiéndolos en cómplices, ególatras, grandes fracasados o pendencieros al borde de la locura. Del interior de esos espesos fangos también han surgido los humilditos, que a mi criterio son amenazas latentes de mayores afrentas. Los humilditos son los que arropados en un desinterés tan falso como su sonrisa propugnan ser líderes aclamados sin su consentimiento, intentan a sangre y fuego vender la impresión de que están siendo arrastrados a la política en contra de su voluntad. Chávez lo fue, y Maduro llegó al poder con la misma fórmula.

La tutifrútica ensalada de movimientos de nueva oposición son otro fenómeno del cual no soy ajeno, a veces me siento como el judío errante, buscando algún espacio en donde deliberar, en donde crear soluciones, donde desarrollar ideas. Pero la verdad es que son tantos los caciques, a veces sin tribu, que en ocasiones me encuentro tocando puertas en lugares de los que ya he huido en veloz carrera. La verdad es que hay gente brillante y valiosa, hay personas con una voluntad inquebrantable, pero también hay algunos que parecieran ser dueños de verdades indisolubles y absolutas, que van en contra de cualquiera que no comulgue con sus ideas y les alabe por sus dotes incomparables de genialidad, sin importar que otros compartan las mismas convicciones; elegir una nueva representación política de oposición, defenestrar al chavismo y reconstruir una Venezuela en cenizas.

Muchos movimientos e iniciativas se están auto erigiendo como la cúspide de la evolución del pensamiento humano en lo político o lo social, tal como hicieron los comunistas, esos que hoy siguen predicando a través de supercomputadoras y autopistas de información digital, teorías que hace 170 años fueron escritas a pluma, antes de que se inventara la máquina de escribir, en una sociedad donde la expectativa de vida no superaba los 39 años y la posición social dependía de los antepasados, de la raza, del sexo y no del trabajo y la preparación que alguien estuviese dispuesto a realizar. Y esto debe preocupar, porque a diferencia de lo que se piensa, en Venezuela han hecho más daño los que se presumen eruditos que los ignorantes integrales.

Casi todos estos grupos deambulan en paranoia, con cuchillo en mano, esperando ser atacados o esperando atacar. El último grito en nuestra moda política es señalar a cualquiera de chavista, de leopoldista o guaido lover, cada quien lucha por demostrar un linaje, una casta, un origen puro que le permita ser tomado por la piel del lomo sin realizar el menor chillido, cuando lo realmente importante es construir puentes, unificar los criterios (de los que tengan) y en bloque avanzar al mismo fin, siguiendo patrones lógicos, planificaciones políticas de alcance y contenido, no importa si estas son presentadas por Pedro o por José, no importa si las soluciones vienen de la mano de quien me vio feo hace 20 o 15 años o del que no comparte mis métodos. Una de las grandes trincheras que hoy tenemos que salvar la han cavado los que creen que después de 20 años, decenas de muertos y centenares de presos la situación en Venezuela puede ser resuelta como en las películas de Pedro Infante, pateando una puerta y echando tiros, la mayoría es gente sin cacumen e indolente que en su vida ha lanzado un triki traki y no quiere entender que cualquier acción armada sin acompañamiento ni preludios políticos va a seguir arrojando muertos, torturados y problemas, pero todos son machos hasta que el perro muerde.

Aquí el tema profundo son las disonancias de muchos actores, los complejos que vienen arrastrando de niños (como todos) pero que no han podido domar ni acallar, de allí parte la hasta ahora imposible empresa de unificar criterios, porque algunos desean ser importantes y no útiles, porque algunos más allá de comunicar ideas quieren sólo una tarima para demostrarle a sus acosadores de la adolescencia, antiguos colegas o a los de su cuadra que son famosos, inteligentes o tienen razón. Así fue Chávez, así llegó al poder toda su cohorte.

Tenemos que llegar a un acuerdo, todos, asumir que estamos equivocados con nuestras convicciones, todos, abstraernos del contexto nacional, sólo por un momento, sólo por un pequeño espacio y así analizar con cabeza fría y recato qué es lo mejor, lo necesario y evaluar si por soberbia nos hemos convertido en un obstáculo y no en una plataforma. Creo que no hay de otra, porque talento e inteligencia sin algún viso de humildad es meramente un chisme. Yo lo seguiré intentando.

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