Isaías, ¿quién mató a Danilo Anderson?

Alfonsina Ríos / Venezuela RED Informativa

“Uno de los policías miró a su compañero y torció una sonrisa en señal afirmativa: quien estaba al volante era nada menos que el fiscal IV del Ambiente, con competencia nacional, Danilo Baltasar Anderson, hombre de confianza del Fiscal General de la República, Isaías Rodríguez.

Para el jefe de Ministerio Público (de Venezuela), el joven abogado era más que su mano derecha: a él le había encomendado numerosos casos, algunos de especial trascendencia no solo para el Gobierno, sino para la propia supervivencia política del fiscal Rodríguez, a quien el sector de los militares consideraba poco menos que un estorbo.

Pero ese mismo sector castrense, que poca importancia le daba al fiscal, tenía una opinión muy diferente de Danilo Anderson. Anderson tenía en sus manos la investigación de los más connotados casos políticos, entre los cuales resaltaba la investigación de los acontecimientos del 11 de abril de 2002. Estaba al tanto de no pocos secretos -relacionados con civiles y militares- que por el peligro que entrañaban debían mantenerse muy bien guardados. Secretos que ahora eran manejados por un ex encapuchado de la Universidad Central de Venezuela”.

Así inicia con este fragmento Pablo Medina su libro “¿Quien mató a Danilo Anderson? Una crónica bien manejada”, en el que emite una valoración acerca de los hechos que envuelve este horrendo asesinato, calificado por el autor como un Crimen de Estado, perpetrado en contra de la persona del fiscal Anderson, en noviembre de 2004 en la ciudad de Caracas, Venezuela, cuya retorcida investigación del crimen estuvo bajo la conducción del mismísimo fiscal general Julián Isaías Rodríguez Díaz, quien presentó como testigo “estrella” a Giovanny Vásquez -hombre de poco confiar por sus contradicciones- después de “leerle los ojos”. Por cierto, también en esta “investigación” es mencionado otro personaje, Maikel Moreno, actual presidente del Tribunal Supremo de Justicia de Nicolás Maduro.

Un crimen que por demás era primera vez que se cometía contra un fiscal en América Latina y en un país que se perfilaba hacia una revolución socialista, con Hugo Chávez a la cabeza, cuando las instituciones se hallaban en franco deterioro y el incremento de grupos de exterminio cada día mayor con un 90% de impunidad. Un crimen comparable, no en la forma como fue ejecutado, pero sí similar en la función del personaje asesinado e importancia de sus casos. El 18 de enero de 2015 en Argentina, se “suicida” el fiscal Alberto Nisman, quien se disponía a denunciar a la presidenta Cristina Kirchner (amiga personal de Chávez) y al canciller Héctor Timerman por el caso del atentado contra la Asociación Mutual Israelita de Argentina (AMIA) ocurrido en 1994, en el cual fallecen 85 personas. ¿Qué casualidad?, dijera el autor de “¿Quién mató a Danilo Anderson?” sobre la exmandataria argentina, de quien se presume involucrada y forme parte también del proyecto izquierdista que se estaba gestando en Latinoamérica. Hasta la fecha, en ambos casos, las escenas del crimen fueron contaminadas y las investigaciones no han dado resultados convincentes https://elpais.com/internacional/2019/01/17/argentina/1547746280_821100.html

Hoy más que nunca, es válido hacer mención al libro de Medina, en el que se recogen los hechos del abominable asesinato y la capacidad de manipulación de Rodríguez, evidente en su carta pública de renuncia definitiva al cargo de embajador plenipotenciario de la República Bolivariana de Venezuela ante la República de Italia. En su lacrimoso manejo, la misiva intenta reflejar su dualidad de víctima-héroe y trata de embrujar con palabras para ejercer influencia tanto en el destinatario como en el público “revolucionario”, haciendo alusión a su lealtad chavista, y a su “precaria” condición económica, supuestamente por el bloqueo de los EE.UU.

“El Tartufo” Isaías ya siente los embates de las sanciones, porque le afecta a su fortuna personal y no se despide por viejo, cuando exclama “¡Ya no aguanto más! Se ha irrespetado la Embajada donde lo represento, y tengo 77 años”, ni tampoco por dignidad al ver que el régimen que representa golpea a la población venezolana con ese “martillo” que dice poseer en su carta, en los aspectos esenciales como salud, alimentos, en el derecho a la vida. No dice adiós a su cargo por las tantas muertes de jóvenes a manos de la Guardia Nacional, de colectivos y cubanos. No da la espalda a su gobierno por la entrega de nuestro territorio a potencias extrajeras que depredan y saquean nuestras riquezas minerales, mientras la gente se muere de hambre comiendo de la basura. No se va por ser un hombre arruinado en su conciencia, debido al sufrimiento de mirar al venezolano desplazado en masa hacia otras latitudes.

Esa carta generó diversas opiniones que comparto, pero quise destacar la del actor, director, maestro y gerente teatral, Héctor Manrique, en un tuit (@manriquehector): “La carta de Isaías Rodríguez deja claro que renuncia a ser embajador en Italia, pero jamás renunciará a su vocación de Pusilánime” y la escritora Sonia Chocrón lo bautiza como “Lupito”.

Isaías no muestra ni un átomo de arrepentimiento por la destrucción de Venezuela en estos veinte años ignominiosos de dictadura, a pesar de ser corresponsable del hundimiento del país, al haber ejercido altos cargos como vicepresidente ejecutivo de Venezuela, fiscal general y segundo vicepresidente de la Asamblea Nacional Constituyente convocada por Maduro y nos viene ahora con ese cuento disfrazado de “abuelita roja”: “No tengo nada de que arrepentirme; he sido feliz entregándome a una de las causas más bellas de la vida: la libertad de mi país”. No lo niegues, pero solo Dios conoce tus verdaderas horas de insomnio, estrés y aflicción, y todavía se preguntan: “ISAÍAS, ¿QUIEN MATÓ A DANILO ANDERSON?”.

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