Julio, explícame esto

Saúl Vizcarra Montiel / Venezuela RED Informativa

La conducta política de Julio Borges siempre ha estado atrapada en una nube misteriosa. Yo confieso que carezco de sabiduría para entender semejante estilo arcano con el que a usted lo tallaron en su cuna de nacimiento. Créame que me esfuerzo en despejar esos enigmas que usted tiene para procrear en cada uno de sus misteriosas actuaciones, pero no encuentro solución y me persigue la Intriga que su inescrupuloso sigilo inflama en mi espíritu. Y es que para usted la vida debe ser una encrucijada que pone en su tránsito múltiples caminos, para usted la luz debe ser más ciega que José Feliciano y su capacidad para aceptar las verdades es del tamaño de un grano de azúcar. Usted es un espectáculo en los trapecios. Pasó de ser asistente de Eduardo Fernández, a ser estrella televisiva con un martillo en su mano derecha que clavaba sobre un escritorio colocado como parte de la escenografía que se montaba en los estudios de RCTV, en la que usted protagonizaba a un juez que parecía ser más serio que John Adams cuando hacia tronar su mallete para reclamar la atención de los senadores. «Silencio en la sala, como juez hago justicia declarando culpable a ese enano que tiene un gigante sádico por dentro, tanto que fue capaz de violar a su abuela. Cerrado el caso», así lo oía dictar sus fallos en aquellos culebrones televisados en que usted no era realmente un juez, sino un impostor que no fue capaz de asumir responsabilidad alguna ante aquel lamentable suceso en el que perdió la vida un niño en la calle de su residencia.

Usted de verdad que es un ser extraño, pero evidentemente frío, calculador y cobarde. Por eso, con todo descaro salía de RCTV, allá en Quinta Crespo, después de compartir un desayuno frugal con Marcel Granier, a degustar una barra de caviar entre copitas de la mejor champaña con Gustavo Cisneros en las colinas de La Florida. Así lo ha revelado, una y mil veces, el verdugo de Venevisión Carlos Bardasano.

Lo mismo hizo con el exgobernador Enrique Mendoza, que salió esquilmado por su banda justiciera en los tiempos en que ese empedernido solterón tenía el poder que puso al servicio de sus sueños realizables de acaparar alcaldías. ¿Y después qué hicieron? Le propinaron una patada por donde ustedes decían, socarronamente, que le gustaría, sin la más mínima misericordia de más bien pensar en que que le dolería sabiendo que una de las patas que le clavarían por el trasero era la del desleal Ocariz, a quien había convertido en beneficiario de su buena aureola. Pero así son ustedes, jesuitas a veces, «opusos» otras, capaces de pactar con el diablo, tal como lo hicieron con los hermanos Castillo, dejando con las pólizas de seguro frías a unos de sus más generosos financistas: Tobías Carrero. ¿Te acuerdas Julio de esa trastada?

Dirás que perdiste la memoria, y tal como buen motolito, ahora te rasgas las vestiduras denunciando la corrupción en Monómeros y se te olvida que tienes en tus dos ojos la paja de tus diligencias a favor de los tenedores de bonos 2020. ¿Quién le daba las instrucciones a Grisanti para procurar ventajas para esos especuladores? Lo mismo hiciste con la operación libertad del 30 de abril, te saliste raudo y veloz de esa peripecia que, según Leopoldo López, tú habías tramado con Raúl Gorrin. ¿Qué puedes decir al respecto?

¡Ay Julio!, eres un as del doble rasero. Cuanta razón tenía Marrero cuando relataba tus tenidas secretas con los capos del chavismo. Por eso tienes ese temperamento de bisagra, un día muy guapo para encarar a un esmirriado Guaidó y otras veces muyyyyyy poco hombre, al extremo, para dejarte tocar las nalgas por un coronalete de la revolución que te sacó a empujones de tus propios patios en la Asamblea Nacional.

Así te recordará la historia: como el que entregó a los militares, supuestamente, involucrados en el Golpe Azul, como el personaje cuyo nombre aparecía hasta en la sopa en el expediente que elaboramos en la fiscalía contra Ledezma, pero tú, siempre a salvo. Dejaste guindado de la brocha a Requesens y te escabulliste como todo un ilusionista. De verdad que eras todo un acertijo para los funcionarios de la Fiscalía, pues nos veíamos las caras sin llegar a comprender, cómo después de que nos ordenaban montarte en la olla, redactando expedientes, salías bien librado. Dialogabas, te entendías con todos y de repente saltabas la cuerda y aparecías en otra parte. Ahora haces lo mismo, o peor aún. Eres el flamante canciller de Guaidó y a la vez te cagas en la silla presidencial tan virtual como los mojones que has venido metiéndole a más de un incauto que ya no engañas con tus dobleces.

Se despide, indignado y defraudado por ti,

Saúl Vizcarra Montiel

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