La importancia de ser liberal, “lo vital” de entenderlo

Eduardo Figueroa Marchena / Venezuela RED Informativa

En estas épocas tan espesas, tan complejas, no sólo en Venezuela sino en el mundo entero, ya nos va resultando urgente a todos definirnos, hablar con claridad y sobre todo, hablar con la lengua conectada el cerebro y pensar con el cerebro conectado a la información, a la ciencia, a los argumentos sólidos, comprobados sobre bases de datos históricas, sobre evidencias y observación. Es un hecho, tenemos que empezar a dedicar parte del tiempo que perdemos en tomarnos fotos instagrameables para definir y sobre todo entender en donde estamos parados o en donde queremos estar.

Tenemos que fijar nuestras posiciones fuera de rediles y trincheras zanjadas bajo el arrastre de fundamentalismos cabrones, tenemos que echar los pies en la tierra alejados de herencias familiares o tradiciones patrias arraigadas en complejos y minusvalías. Nuestras apetencias o intereses políticos deben ser establecidos de la misma manera que un nutricionista receta una dieta; con responsabilidad, porque el cerebro justifica sus traiciones con su necesidad evolutiva de placeres inmediatos, los que luego son muy difíciles, o imposibles de metabolizar. Es por ello que preferimos una dona a una ensalada, es por ello que siempre seducirá la idea de una sociedad subsidiada y gratuita donde solo existan derechos sin ningún deber, pero ambas cosas queridos amigos, ambas cosas nos pueden matar.

Atravesamos por la época de mayor peligro en nuestra historia contemporánea, estamos atascados, estáticos, irónicamente los grupos o personas que mayor acción o impulso desean mostrar son los que menos avanzan, porque en Venezuela confundimos la política con las revueltas, con los gritos, con los espirales de conflictos chapuceros y marginales. “Movimiento no es progreso”, eso escuché hace poco, la frase me quedó tatuada, y es que correr, vociferar, hacer videos, artículos, sacar fotos con poses inteligentes o analíticas en reuniones con gente que algunos consideran importantes, eso no es progreso, eso es movimiento exánime sino no se acompaña de ímpetu y valor por accionar y tomar decisiones sin las reticencias adolescentes propias del que teme equivocarse. La política queridos lectores, y sobre todo la venezolana, es un campo minado, una batalla cruenta y sanguinaria donde retorica, y a veces literalmente, se emulan las carnicerías napoleónicas o el infierno de Verdun, por ello, los que creen que pueden esperar, simulando movimiento, a que otros caigan en batalla para ser ungidos como la única opción, están, en palabras criollas; “pelando bola”.

Por desagradables, pero nutritivas coincidencias, he aprendido a sostener mis convicciones a sangre y fuego, pero sobre todo entendí que para sostener convicciones hay que hilvanarlas, entenderlas, hay que adentrarse en la tediosa argumentación y evidencia histórica, porque de ideales y convicciones forjadas en acero nos pueden dar cátedra los nazis, los Hutu, los talibanes, los bolcheviques, y hasta el mismo chavismo, pero los resultados, los números, las consecuencias y la inmutable realidad siempre nos gritará en la cara que pasión sin criterio, sin responsabilidad o conocimiento, degenera, pudre y destroza todo lo que toca.

Por mucho tiempo, yo me he limitado a mantenerme en el espectro de lo lógico cuando me piden manifestarme tendiente a alguna doctrina o sistema político, y es que no me gustan los matrimonios ideológicos, de ellos derivan divorcios, arrepentimientos y vergüenzas infranqueables, que muchos quieren maquillar en su 3era edad con radicalismos contrarios a sus orígenes y décadas de inoperatividad mental. Cuando hago referencia en mantenerme dentro del margen lógico al momento de asumir ideologías y sistemas, es porque tengo la sospecha de que sencillamente el ser humano prefiere comer que morir de hambre, es porque algo me dice que nuestra especie prefiere vivir con libertades individuales y servicios básicos como agua, luz, educación y respeto a los derechos humanos, que en paraísos socialistas donde un jabón y desodorante son lujos ostentosos, donde la paternidad del estado te impone que debes pensar. No sé porqué creo que familias lanzadas al mar arriesgándose a ser almorzadas por tiburones, o cruzando ríos crecidos, o atravesando campos de alambres de púas con ametralladoras, me indican que sus patrias socialistas, auto determinadas y progresistas no les resultan agradables. Sobre lo expuesto es que yo me apalanco para plantarme ante las personas que por flojera de pensar se lanzan a defender y luchar por sociedades Marxistas, ante fundamentalistas que siempre obvian el mea culpa que Engels, Trotsky y Fidel, por nombrar sólo a tres, hicieron en sus postrimerías, aceptando el comunismo como ilusión utópica.

Abordando ya el motivo de estas líneas, entendiendo la situación de Venezuela, y la del mundo entero, como un maniqueísmo que reduce todo al bien y al mal, a la vida y la muerte (así de serio es el asunto). Asumiendo que el afterparty de 30 años en el que llevamos dando por sentado que la guerra fría terminó, no ha sido mas que un periodo de deshielo que está dejando todo al rojo vivo, bajo el crisol de esas grotescas realidades, se nos torna irresponsable andar con gradualismos pendejos, enarbolando banderas de centro derecha para agradarle a los tenedores y productores, o levantando consignas de centro izquierda para empatizar con el proletariado y las clases vulnerables, por no adentrarnos en el populismo criminal de los que consideran una gracia llegar el poder prometiendo hazañas de Robin Hood. Aquí el tema es ser o no ser, sin dilemas, decir abiertamente, sobre la base de conocimiento y razón, que se es liberal, que se cree en la gobernanza y en sistemas económicos donde a cada quien se le exija de acuerdo a sus capacidades y se le tiendan puentes de acuerdo a sus necesidades, sin mas pajas calibradas, sin hipocresías. Eso, en el escenario político de Venezuela aún no lo tenemos, la tradición populista no se lo permite a los que tienen el alcance mediático, la miopía de discursos tibiecitos y promesas de mamolas maternalistas no permite que los actores políticos, al menos por interés, se den cuenta que la gente en su apatía y asco por el ejercicio político de unos y otros, lo que pide a gritos es esperanza en un sistema liberal, de deberes, de trabajo, de producción y comercio, de respeto a las libertades sociales y económicas. Pero ser liberal no es usar corbatas rojas ni adular a Donald Trump, no es tener un Toyota y usar zapatos de 400$, es tan liberal el obrero que sale a trabajar con la certeza de que tendrá como llevar comida a su casa, como el comerciante que no especula, es tan liberal el niño de la cota 905 que toma un libro en vez de un revolver, como el empresario que brinda oportunidades de empleo respetando las leyes. Vivir libremente y con opciones, eso es todo.

Como aún no emergen, sean cual sean las razones, nuevos liderazgos que sostengan estas menesterosas enseñas, pues la tarea recae en todos nosotros. Tenemos que recuperar el orgullo de identificarnos liberales, tenemos que desarrollar el mismo ego jactancioso con el que los comunistas defienden un sistema genocida y miserable que no ha logrado cosechar un sólo éxito en 150 años. De no hacerlo, seguimos abonando el terreno para desgracias humanas, seguiremos tendiendo alfombras a tiranillos y camadas de incompetentes con complejos de aceptación.

Decido asumir con el mayor honor mi tendencia liberal, porque da una visión optimista del hombre, capaz de ser responsable, respetuoso y ético sin fanatismos ni verdades infranqueables. ¡Ahora te toca a ti!

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