La Justicia en Venezuela: De ciega a promiscua

Eduardo Figueroa Marchena / Venezuela RED Información

En tiempos de miseria siempre resultará difícil trazar en palabras las realidades que no logramos entender, y las que, a pesar de lo grotescas al parecer terminamos aceptando. En ésta época, quizá la más sucia de nuestra historia, sin duda la más ilógica, el venezolano imposibilitado de optar a buena alimentación, a servicios básicos, el que no consigue tratamiento a sus dolencias, el que presencia ese último suspiro de su recién nacido por mengua hospitalaria, el que pierde a un ser querido por la inseguridad y el que es extorsionado, secuestrado, asaltado o golpeado por un delincuente raso, o por el más peligroso de todos los criminales actuales, que termina siendo el uniformado, policía o militar. Ese ciudadano se pregunta impotente a quien acudir, y en esa búsqueda infructuosa de algún representante de Dios en la tierra dirige sus esfuerzos para encontrar a una dama ciega y justa que hace algún tiempo llamábamos justicia, pero ella, la de los atavíos blancos muy a nuestro pesar no solo fue secuestrada, sino también sobornada, y ahora, sin venda en los ojos ni balanza en su diestra se pasea en la vulgaridad ostentosa de yates que navegan a la Romana. La justicia venezolana en esta revolución va de bikini, fuma cigarrillos con filtro largo y toma whisky en Miraflores.

En las reuniones de gobierno hay quienes la han visto saltando entre risas tras las nalgadas que le brinda el presidente o cualquiera de los bandidos que lo acompañan. Dicen los malintencionados que cuando ella habla de su castidad, entre el gallero del furrial y sus contertulios corren miradas insinuantes y medias sonrisas que advierten todo lo contrario. Es difícil de aceptar, pero la justicia ya no es más que la querida de nuestros dictadores. No existe en ella tendencia a los desprotegidos ni piedad para el inocente, su casa, el tsj (en minúscula) es la taberna donde se embriagan y celebran los responsables de la tragedia nacional.

¿Entonces? ¿A quién acudimos ante tanto desenfreno? ¿A quién suplicamos por verdadera justicia, por el orden de la convivencia, por la rectitud y la sumisión ante las leyes? ¿A quién denunciamos las tropelías y los abusos que en otro país solo pueden ser explicadas en la ficción de alguna película?

Frente al descomunal desastre social al que hemos sido condenados, debemos, tenemos que construirnos nuevas estructuras que rescaten los viejos valores; justeza para obtener igualdad y correspondencia exacta ante los atropellos, justocracia que nos revista del poder para imponer sobre los vicios las virtudes. Son menesterosos hombres y mujeres ecuánimes, de moral robusta, que no subasten el sentido de las leyes a la sordidez de los tiranos.

Necesitamos establecernos un nuevo sistema de valores y de respeto ante las leyes, urgimos por sentir nuevamente la paz de sabernos cobijados bajo la equidad de una justicia ejercida por hombres probos y no por delincuentes, una justicia que suprima la cultura barbárica vigente. Es nuestro deber ser el órgano ejecutor de justicia terrenal, para lograr así abrirle paso a la divina, deseosa hoy día de iluminar tanta oscuridad, de purificar el mortal y primitivo sistema del totalitarismo verdugo.

Ante el desamor de ver a la justicia actual con el rubor corrido y los tacones en las manos, amaneciendo de cama en cama, solo podemos avanzar y abrir nuestra mente a la búsqueda de una nueva dama que nos respete, que levante en alto la balanza y se coloque la venda de la equidad. Pero esa dama de blanco que necesitamos no se fijará en nosotros sino luchamos por ella y le demostramos que estamos a su altura, que podemos mantenerla sin vicios ni ataduras. Esa dama, la justicia verdadera, tomará nuestra mano en compás de nuestra capacidad de manifestarnos por lo correcto, de nuestro genuino interés en ser actores de cambio deseosos de cumplir los deberes ciudadanos.

La justicia no es, a diferencia de lo que impone el régimen un sistema para favorecer a los regentes, un mecanismo para perseguir e intimidar al disidente. La justicia no es, a diferencia de lo que muestra el tsj un medio para enriquecer a jueces, fiscales y magistrados sobre la base de la extorsión, la justicia no es ni puede ser una excusa para tarifar delitos. En fin, la justicia no debería ser lo que en Venezuela es, un chisme, un comentario de pasillo, un rumor edulcorado de los inocentes o en el caso de los presos políticos, una fantasía que se hace posible sólo cuando se permiten soñar dentro de la pesadilla en la que los mantienen.

Nosotros, todos los venezolanos hemos sido subyugados con exilio, cárcel, persecución y muerte por manifestarnos en pro de la lógica y de una sociedad depurada de tantos gobernantes enfermos. Los que insistimos en el rediseño de una justicia posible, que pensamos y escribimos sobre ella e imaginamos su llegada, esta fe nos hace más libres, nos hace mejores hombres y mujeres, nos hace, de hecho, más útiles que cualquiera que sea capaz de darle la espalda al país negando las verdades y evadiendo los hechos.

Merecemos una catarsis que nos libere de tanto escombro moral, de tanto desecho ético con el que se arropan pletóricos esos que sostienen haber obtenido el voto de una mayoría invisible. Merecemos una justicia sin pecados, impermeable a las tendencias, que sea capaz de brindarnos eso que perdimos; la tranquilidad y los motivos para ser felices. Necesitamos a fin de cuentas que la balanza de una justicia real se incline a favor de los oprimidos y los necesitados, de los burlados, que hoy día, somos todos los venezolanos. ¡El momento es ahora!

“La Fortuna Ayuda a los Audaces”

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