La rendición definitiva

El Francotirador / Venezuela RED Informativa

En el siglo XX, muchos países desarrollados, los cuales se presentaban ante la llamada civilidad como democráticos y defensores de los derechos humanos, los vimos apoyar dictaduras en todos los continentes que conforman el planeta. Ellos mismos, a finales del siglo XIX y principio del siglo XX, autorizaron en una especie de coalición el coloniaje y el saqueo del marfil, el caucho y el diamante de un país como el Congo, a manos del rey de Bélgica Leopoldo II. El cual, en su cruenta cruzada sometió a esclavitud, mutilación y muerte, a casi la totalidad del pueblo del Congo. Un genocidio que los gobiernos posteriores de Bélgica no se sienten en la obligación de reparar con la nación congoleña. Una novela magnífica da cuenta de ese horror acontecido: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.

A pesar de que los países aliados derrotaron la dictadura totalitaria y expansionista de Adolfo Hitler, pero no la dictadura comunista de Joseph Stalin, porque ésta formaba parte del estado aliado. Eso explica porque nunca se denunció sus campos de concentración y su política de exterminio, como ocurrió con el pueblo ucraniano antes del posicionamiento de la dictadura del Al Reich y su posterior invasión. La dictadura Soviética tuvo una resonancia reproductiva por el mundo con los partidos comunistas y rebeliones que terminaban en revoluciones marxistas leninistas. Con ellas, comenzó el destino más trágico de la América Latina.

Así pudimos ver en el pasado, la doble moral de varios presidentes de países europeos al vincular sus gobiernos con estas dictaduras de izquierdas que se sintieron más libres y toleradas (mucho más que las dictaduras militaristas de derecha), terminada la Guerra Fría, por el liberalismo occidental que florecía con una reformulación novedosa del capitalismo. Esas mismas dictaduras que ayer habían financiado, entrenado y desatado el terrorismo interno y externo como el Islámico, haciendo explotar aviones cargados con civiles, dinamitando bulevares donde inocentes disfrutaban de una taza de café o un helado, ametrallando o degollando deportistas que se disponían a competir en eventos internacionales, alojados en villas olímpicas. Quizás los desmanes de estas organizaciones terroristas actuaron por la libre, más cuando el derecho internacional no se había consolidado después de la Segunda Guerra Mundial, ya que las Naciones Unidas aún no había creado una institución penal que actuara diligente y oportunamente ante la ola de crímenes que no alcazaba contener la policía de ningún país, hasta que por iniciativa de la propia ONU el 17 de julio de 1998, se fundó la Corte Penal Internacional, pero que sólo entró en vigor el 1 de julio del 2002.

Desde entonces, todos los casos que dirime la Corte Penal Internacional o como cualquier otra, entran en un lento procesal burocrático que consume el tiempo de espera de las víctimas o sus dolientes. Un ejemplo palpable, fueron aquellos años que tomó la captura y enjuiciamiento de los autores que cometieron crímenes de Lesa Humanidad en la guerra de los Balcanes. Llama la atención, que el tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, tomó 28 años para terminar un proceso contra Ratko Mladic, líder militar de los serbios bosnios, que empezó en 1993.Esperemos que eso no ocurra con los criminales que instalaron el apocalipsis trágico en Venezuela.

Los dictadores de África o América Latina podían viajar y disfrutar estadías principescas en Europa, como Francia o Italia. Como fue el caso de Muhammad Kadafi y Fidel Castro. Los fusilamientos confesos que aseguró Ernesto Che Guevara, representando a Cuba en las Naciones Unidas, fue sepultado en el olvido por el derecho internacional. Mucho menos, existe la remota idea de juzgarlos a pesar de los años transcurridos. Fidel Castro gobernó con impunidad y complicidad de aquellos países que ondeaban la bandera de los derechos humanos. Silenciaron sus crímenes cometidos en África, Centro América y Latinoamérica y murió convertido en otro mito del holocausto. El golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile, fue una consecuencia ante la injerencia y expansionismo de la dictadura de Fidel Castro.

Los dictadores del Tercer Mundo fueron recibidos como reyes por los estadistas de la civilidad y la razón que habían jurado que no se volvería repetir otro holocausto en cualquier otra geografía. No sólo los gobiernos europeos les rendían homenajes y les otorgaban condecoraciones a los dictadores invitados, también llegó hacerlo la intelectualidad que se arrogaba el derecho de lo correcto e incorrecto que rebasaba las propias leyes. Dos adalides de esa intelectualidad que apoyaron la dictadura cubana fueron Regis Debray e Ignacio Ramonet. Ambos se empeñaron por ser los pensadores del paradigma de la revolución que se propagó y mutó hasta convertirse en la bandera del nuevo socialismo del siglo XXI.

Los países desarrollados pedían siempre algo a cambio a los dictadores del Tercer Mundo, de aquel entonces, para brindarles seguridad en sus existencias y permanencia en el poder. Más allá de la participación y explotación de los hidrocarburos y minería de la cual eran ricos los países que sojuzgaban estos dictadores. Fue el caso del presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, el cual recibió un multimillonario financiamiento para una de sus campañas electorales, que llegó a financiar el mismo Muhammad Gadafi de Libia.

Entrando en el siglo XXI, ha aparecido un nuevo actor que no pertenece a la Europa tradicional, pero si a los países bajos, donde se aposenta el llamado reino de Noruega, la cual no es una democracia. Aunque se obstina por restituir democracias donde no las hay. De esa manera, Noruega se presenta como intermediario, pero también en complicidad con la dictadura cubana, para sentar en la mesa de negociaciones las partes en conflictos de aquellos países, donde puedan peligrar secretos intereses económicos o planes geopolíticos a través de empresas que compiten en el área petrolera, minera, gasífera y marítima. Es un hecho que Cuba saqueó a Venezuela en veinte años. Una de las estrategias de Noruega es abolir las responsabilidades penales de los dictadores en las llamadas negociaciones, anulando cualquier juicio pasado, presente o a futuro una vez consolidado los acuerdos. Eso explica porqué el actual gobierno de México se alía a esta premisa, para dejar impune en la «rendición definitiva» a donde asistirá la oposición venezolana en desventaja, al dictador Nicolás Maduro y sus cómplices, por crímenes de Lesa Humanidad. Pero, ¿quién juzgará los crímenes cometidos por Hugo Chávez en su dictadura del pasado?

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