La Sayona

Editorial / Venezuela RED Informativa

Con la naturalidad de un país normal, el precio del bolívar oscila para arriba y para abajo en la arruinada Venezuela de hoy por hoy. Tira y encoje. No solo funciona como una escalada sin fin. Para nada. En la Venezuela donde todo falla, el bolívar se comporta con una delicada variación interdiaria, sin erratismos, sin sobresaltos y sin histerias. Todo se mueve al más puro orden del Papá Mercado.

Eso sí: ¡con tendencia eterna hacia la depreciación y su irremediable extinción! Porque el bolívar es ya solo una ficción únicamente de referencia, completamente virtual. Un registro contable, para “eso” que todavía llamamos Banco Central de Venezuela. Una herramienta para los libros de los pocos comerciantes y agentes de negocios formales que aún quedan. Y, quizás, como elementos de colección, numismático, por lo extraño que es conseguirse dando vueltas a algún billete de los nuestros en manos de un pulpero.

La economía nacional hace añales que se transa en divisas. Pesos, dólares y euros es lo que se usa en la frontera occidental del país. Dólares, euros y titis trinitarios, en el centro y en el oriente venezolano.

Completamente “arreglado” con la más pura realidad económica, el tipo de cambio del fantasmal bolívar se explica solo por el aumento o descenso de la masa de divisas circulantes, que entran o salen del sistema local diariamente. Como ocurre en todas partes. Las leyes de la Oferta y de la Demanda, son quienes determinan el precio real de cualquier moneda.

De manera que la leyenda que asusta con aquello del venezolano atrapado dentro de esta revolución, que está condenado a vivir de su sueldo mínimo en bolívares, traducido a poquísimos dólares, hay que darle el mismo crédito que al cuento de la SAYONA.

Nadie, pero nadie acá ni vive, ni trata, ni puede vivir con la cantidad de ceros que le pongan a lo que gana en bolívares, en estos tiempos que corren. Nadie, pero nadie podría pagar algo más que una canilla de pan, que es cobrada en dólares y a precios internacionales, por más de una vez al mes con todos los bolívares que le depositan como sueldo. ¡Por favor!

¡Acá lo estamos moviendo todo en dólares! Y aquello del hambre que ronda por las calles, con todo y gente muriéndose o persiguiendo los camiones de la basura por las ciudades, hay que también ponerlo en remojo.

No es síndrome de Estocolmo. ¡Es que acá están pasando muchas “cosas”!

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