Lo mismo

Editorial / Venezuela RED Informativa

A finales de los 70, Ross Perot superó en valentía, arrojo y patriotismo con creces cualquier intento del gobierno de Estados Unidos por recuperar la dignidad perdida de su país en el Oriente Medio. Él, más y mejor que el propio Departamento de Estado y que las Fuerzas Armadas norteamericanas, enfrentó y superó solo los coletazos de las torpezas estadounidenses en la Irán donde se derrumbaba el poder del Sha Mohammad Reza Pahlavi. Y donde se perdía para siempre Persia, y la influencia y el equilibrio de poder del Mundo Occidental en la zona del Medio Oriente.

Los chiflados y asesinos que acompañaron la instauración de la república fundamentalista, teocrática, islámica y bla-bla-bla del Ayatolá Jomeini, no solo tomaron por asalto la embajada de Norteamérica en Teherán. También secuestraron e hicieron rehenes a docenas de familias norteamericanas, empleados de la empresa de informática y servicios de gobierno, propiedad de Ross Perot. 

Pero Perot sacó hasta el último de sus trabajadores de aquel infierno. Negoció. Pataleó. Pagó chantajes multimillonarios, pero lo logró. Mientras, la administración Carter, metía una y muchas veces la pata y no salía del enredo de la embajada. Ross Perot se convirtió en el último héroe americano de verdad del siglo XX.

Así, a partir de ese momento, ese tejano casi que de comiquitas se montó en “evangelizar” a su país. Con un discurso simple y directo: ¡América podía volver a ser grande!

A principios de los 90 estuvo listo para lanzarse como “la tercera” opción para gobernar a Estados Unidos. Su proyecto de país, con comas y puntos de más o de menos, sería una aproximación temprana a lo que años después conoceríamos como el “American First” de Donald Trump.

Pero Ross Perot fue barrido. El bipartidismo yanqui se lo tragó. Un “lindo” individuo que tocaba el saxofón, admiraba a JFK, le encantaba perseguir faldas y escondía un voluminoso prontuario por corrupción como gobernador de Arkansas, lo dejaron en la lona.

Ross Perot fue pulverizado en las urnas electorales del 92 por Bill Clinton. La más sólida creación de los Padres Fundadores de ese país nunca le habría permitido, solo y por su cuenta, iniciar el gran cambio, treinta años antes de la llegada de Donald J. Trump a la Casa Blanca. Ningún individuo, solo y por su cuenta ha podido enfrentar y salir airoso a las maquinarias de los dos grandes partidos políticos de Estados Unidos como una opción política independiente.

Qué bueno saber que la descabellada acusación por haber incitado a la “toma” del Capitolio Federal norteamericano por una horda de desadaptados, fue desestimada la semana anterior. Eso deja a Trump limpio de toda culpa. Todo hace pensar que hasta ahí llegó el ensañamiento del establishment de ese país sobre él. Que las “cuentas” ya están saldadas.

El asunto es que ocurre LO MISMO, que con el “problema” Venezuela: “¡Tampoco Trump puede solo!”.

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