Los dos enemigos del pueblo venezolano

El Francotirador / Venezuela RED Informativa

Una de las aspiraciones tradicionales de la política en Venezuela, es la toma del poder para beneficio propio de sus actores que la conducen. Es por ello, que los partidos políticos se corrompen, convirtiéndose en cúpulas que albergan a conciencias gangsteriles. Los militantes se ven tentados, entonces, en reproducir la conducta de sus líderes partidistas. Tal lactante se ha convertido en un estigma que la desdicha pareciera presentarla como irrevocable. Ayer ocurrió con los llamados partidos de derecha e izquierda; hoy, con partidos sin ninguna brújula ideológica que logren representar la creación de una política que demanda un siglo que se inaugura en medio de la confusión, el desastre y el genocidio a manos de grandes potencias de la avaricia, en nombre del mercado o la religión, que confrontan las diferencias culturales. Está obsesiva aspiración que corrompe la moral y a la ética, debilitó a la propia política que algunos ciudadanos honestos quisieron verla florecer en Venezuela. Como Andrés Eloy Blanco y Alfredo Maneiro. Pero sus vidas fueron demasiado breves para consolidar el caro sueño de sus ideas y pensamientos. Sin embargo, el ejemplo de estos hombres habrá de despertar en una nueva y poderosa naciente, de seres genuinos y comprometidos con el destino de una nación que hoy luce arrasada.

El último golpe de Estado que pretendió el poder de manera violenta fracasó en su intento, pero luego lo tomó por vía electoral y la República comenzó a ser gobernada por la delincuencia y el narcotráfico. Los mismos presos que en las cárceles pagaban penas por tráfico de droga, asesinatos, violaciones y secuestros, se convirtieron en la guardia pretoriana que se reservaba el nuevo gobierno que se había instalado en Venezuela. El colmo fue que grupos económicos, medios de comunicación, y un pueblo que estaba alejado de lo que era la política en sí misma, por estar embebido en la pantalla de un televisor, de repente la asumió en un arrebató, como una fiebre fanática que llevó al poder a un dictador bipolar que desmontó el Estado a su conveniencia y capricho que denominó revolución bolivariana.

Antes de morir, el dictador fundacional (como un rey o emperador romano), nombró a un heredero, y éste continuó una dictadura tan feroz, que los propios líderes de las organizaciones políticas que se le oponían con flaquezas y negociaciones ocultas que al final llegaron a ser descaradas, se rindieron sin combatir de manera eficaz y creativa, destruyendo así el espíritu político que una vez los llevó a una playa de promesas que no terminó en nada. Después de dos décadas trágicas que han destruido a Venezuela, la oposición política que era considerada y reconocida como la más legitima, nacional e internacionalmente, destruyó por desconocimiento y privar en ella la inmoralidad y el soborno, el arte de hacer política para enfrentar y derrotar a una dictadura criminal, corrupta y narcotraficante, que nunca le ha interesado la política como tal, sino aquella que se enmascara en supuestos principios ideológicos que le proveyó la dictadura cubana.

Es decir, la política ha muerto definitivamente en Venezuela, por eso la delincuencia hamponil de los barrios, se asoma como prolongación del brazo armado de la dictadura, pero también se arroga ser la justiciera del pueblo desamparado ante los miembros represores de la misma. El presente video que ilustra este articulo, expresa el primitivismo criminal que conduce al país en su degradación humana, con la complicidad macabra que sustenta la relación de la dictadura con la oposición tradicional, y que ésta última, en su descarado e impúdico actuar, se ha develado por ser una expresión de la propia dictadura gobernante, que finalmente, ha comprado al aliado necesario para perpetuarse como pretenden los talibanes en Afganistán. Lo que si ha quedado claro, es que ahora el pueblo sufrido de Venezuela, tienes dos enemigos: la dictadura de Nicolás Maduro y los líderes de aquella oposición que una vez le prometió la libertad.

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