Más de 20 años de exterminio no pueden perdonarse en una mesa

Pablo Marcial Medina Carrasco / Venezuela RED Informativa

¡No somos cómplices!

Es hora de que los venezolanos llevemos a la práctica la consigna que el Zulia recientemente nos dio “No somos cómplices”, debemos levantar con fervor la lucha, para impedir que los zánganos que constituyen una cúpula matrimoniada para la destrucción de la patria, le den un tiro de gracia a los derechos del pueblo venezolano, tantas veces vulnerados desde 1999.

Es bueno que el chavismo y su leal oposición sepan de la disposición de pelea colectiva y que todavía no se froten las manos, sacando la cuenta de que en México, pasarán por bola hasta el home, anotando carreras con las facturas que por lesa humanidad pesan sobre sus espaldas.

Aún su plan macabro de perdonar delitos por lesa humanidad reinstitucionalizando el sistema de justicia en Venezuela, no se ha consumado, deben recordar la vieja conseja popular que reza: “no hay que contar los pollos antes de que nazcan”.
Que tengan mucho cuidado porque a los patarucos siempre le surgen gallos finos que los hacen huir como a gallinas. Sí son gallinas y cobardes que se creen con derecho a negociar en nombre de un pueblo que ni los mira.

Ellos no sólo carecen dramáticamente de respaldo popular, ahorita justamente el pueblo menos que nunca los ve, porque el venezolano sólo tiene vida para calmar el hambre que esta cúpula planificó con premeditación y alevosía y peor aún, sin absolutamente ningún derecho a la defensa.

La gran mayoría del pueblo venezolano ni se ocupa de la existencia de ese conciliábulo maquiavélico, sabe y huele que es indiferente e insensible de su suerte, tanto, que ahora pretende cobrar privilegios en México, a cambio de una tragedia que supera dos décadas de sufrimiento colectivo y que desdice el tango de Gardel: “20 años no es nada”, claro, el tanguero argentino cantaba un género amoroso y en Venezuela el pueblo ha sufrido 20 años de odio, miseria, violencia y represión, de ello hay una catarata de expedientes en los Tribunales Internacionales, que superan el grosor de El Libro Gordo de Petete.

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