Músico y docente venezolana Cristina Cova de Belisario: “Trabajar, trabajar y trabajar es lo que he hecho desde que llegué a Florida. Así es como te empoderas y puedes hacer lo que te propongas”

Alexander Arredondo / Venezuela RED Informativa

Hay personas que parecen ser llevadas de la mano por la Providencia para dar sus pasos en la vida con mucha seguridad y al mismo tiempo con la fluidez de un río, la mayor parte del tiempo sin demasiados sobresaltos y con una meta más clara que la de un corredor de maratones. Eso es digno de ser admirado, no todos los seres humanos tienen ese privilegio. Algo especial se debe tener, podríamos llamarlo un propósito elevado.

Y en ese sentido, en este mundo no hay nada más elevado que el arte, y sin duda nada más universal que la música. Y justamente la música es el hilo conductor de la vida de nuestra invitada de esta semana. Porque el sonido ajustado en cadencia armoniosa ha sostenido el curso vital de Cristina Cova de Belisario desde que tiene memoria.

La música siempre estuvo presente en su casa paterna, en su familia… Su padre, un melómano empedernido, la llevó de la mano desde niña por los sofisticados caminos del jazz, la bossa nova, la Onda Nueva de Aldemaro Romero… Su padre fue protagonista de excepción de sus primeros pasos: le compró su primera guitarra, su primer órgano, su primer piano, conformó su primera audiencia y también fue su primer crítico: “Era mi fan número uno”, nos dice una emocionada Cristina ante el recuerdo de quien sin duda vio más allá del tiempo, contemplando el alma de su hija.

Desde los 7 años Cristina daba en su casa recitales para un público de una persona, hasta que llegó el momento de que su juvenil talento, a los 14 años, se desbordara en clases de piano para alumnos mucho mayores que ella, incluso cuarentones.. Pero al llegar a la mayoría de edad ocurre un quiebre, la chica ¡está cansada de la música! Y al entrar en la universidad piensa que es hora de abandonar su carrera musical, piensa en desecharla… Se gradúa de administradora y empieza a trabajar en planificación financiera. Los sueños musicales parecen cosa del pasado.

Pero no solo Cristina está cambiando, su país, Venezuela, está cambiando también, ambos senderos son un enigma y corren paralelos. Finales de los 90 y principios de los 2000 son años decisivos. Cristina ha crecido profesionalmente e incluso contrae matrimonio con un informático con una carrera en pleno ascenso también. La Providencia la sigue cubriendo en cada faceta de su vida.

Como ella misma recuerda, hacia 2002 Hugo Chávez empezó a quitarse la careta de demócrata (si alguna vez estuvo disfrazado de ello), pero aún no podía jactarse de que tenía a Venezuela en un puño de hierro, aún vibraba un país arisco que se rebelaba constantemente a sus propósitos y jugarretas. Justo en ese momento al esposo de Cristina le hacen una propuesta de trabajo para incorporarse a la plantilla de un banco próximo a ser inaugurado en Florida y le ofrecen un cargo que incluía el traslado de su familia. La Providencia quiso ahorrarle a Cristina todo el proceso de depauperación de su tierra, asfixiada por una revolución roja que ha arrasado la nación pujante que ella conoció cuando joven…

Florida, otra vida musical

El “Estado del Sol” abrió sus puertas a una joven pareja venezolana con niños pequeños. Y Cristina sintió el palpitar de una de las fuerzas que gobiernan su vida: la música la estaba llamando… Así, decide comprar un piano y retomar su antigua actividad: dar clases de música. Y de paso así ganaba un dinero extra y propio.

Mientras, en Venezuela habían quedado padres, hermanos, tíos… la familia y los recuerdos, su Venezuela “propia” que con el correr del tiempo se iría extinguiendo, haciendo cada vez más débiles los lazos con la tierra que la vio nacer. Cristina ama el país que fue, pero no el que es ahora, con ese no percibe conexión alguna. No obstante, siente el sufrimiento de sus paisanos, eso lo siente como propio y desde su profunda religiosidad lo lamenta a la distancia…

Pero la vida debe continuar, eso es inexorable, y un buen día la aventura financiera en Florida concluyó, y una vez más la Providencia intervino: La música dijo presente. “Mi esposo ama la música igual que yo. En realidad nunca nos despegamos de ella. Armamos una banda, un cuarteto, lo llamamos Acuarela Tropical, y nos lanzamos a amenizar las fiestas de la creciente comunidad venezolana en Florida. A la gente le gustaba celebrar con nuestra música. Trabajábamos de jueves a domingo en jornadas extenuantes, pero nos iba muy bien, no nos podíamos quejar”.

Con los ingresos de la banda, Cristina y su familia podían mantenerse cómodamente. Acuarela Tropical prendía la rumba entre los venezolanos con esa manera tan especial que tienen nuestros “bonches”, ese toque desbordante y relajado que nos caracteriza.

Oscar D’León en bicicleta

Acuarela Tropical tocaba donde la llamaran, incluso en verbenas y sin cobrar un centavo, por el gusto de hacerlo. Y alguna vez tocó en la urbanización donde vive uno de los emigrantes venezolanos más célebres: Oscar D’León. Sabemos que el “Salsero Mayor” es también un consumado deportista, y no podía ser menos que anduviera en bicicleta cuando pasó por una verbena que musicalizaban Cristina y su Acuarela Musical. Cuál no sería la sorpresa de la banda cuando el afamado intérprete se montó en la tarima y pidió permiso para cantar con ellos. Eso fue la apoteosis… El ritmo y la rumba retumbaron, y la Providencia hizo una vez más de las suyas: Cristina cantó al lado de su ídolo de toda la vida.

Al terminar el inesperado concierto, Cristina llamó a su padre para compartir con él esa alegría. Pero no solo eso, le pasó el teléfono a Oscar D’León, quien conversó con su progenitor con esa naturalidad que lo caracteriza. Fue una tarde inolvidable.

Trabajo constante

“Tengo 22 años viviendo en Estados Unidos. No he parado nunca de trabajar. La música siempre ha sido mi columna vertebral. Mi trabajo se estructura en varias áreas, que incluye clases a niños after school y el coro de la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe. Y, a pesar de la pandemia, vía online me he mantenido muy activa, en contacto con mi gente en mis clases”, nos cuenta absolutamente comprometida nuestra talentosa entrevistada.

-Y en medio de tanta clase, ¿no te provoca volver a montarte en una tarima con tu grupo?
-Te confieso que me provoca volver a montar la banda. Hace poco una amiga muy querida me pidió que cantara en su cumpleaños y me sentí tan bien…

-Eres docente e intérprete, ¿has logrado compaginar ambas cosas a la perfección?
-Te digo una cosa: en mi caso, la vocación de servicio es lo primero. Trabajar, trabajar y trabajar, es lo que he hecho desde que llegué a Florida. Soy músico y maestra. Siempre me digo: “Dale, dale, dale”, para crear, para dejar huella, dejar legado. Así es como te empoderas, así es como puedes hacer lo que te propongas.

-¿Qué te mueve, cuál es tu motor?
-Dios es el centro de mi vida. Mi padre, el centro de mi existencia. Y una de mis maneras de agradecerle todo lo que me ha dado es dirigir el coro de la iglesia.

-¿Qué representa el coro de la iglesia en tu vida?
-En 2006 muere mi hermano varón de un cáncer fulminante. Eso me devastó por completo. Y en medio de ese dolor me piden que dirija el coro de la iglesia. Para ese tiempo no teníamos la parroquia. Incluso me aseguran que voy a poder hacer los arreglos que prefiera. Esa fue la tabla de salvación que me mandó Dios. Él me preparó para eso. El coro es un gran compromiso en mi vida. Me sacó de la tristeza y el dolor. El coro es mi familia. Es un espacio donde las personas llegan a limpiar penas, a llorar, a compartir, a reír. Tengo 15 años dirigiéndolo. Es el regalo que Dios me ha dado.

-Danos las coordenadas del coro por favor…
-Se llama Coral Peregrina Cantar de los Cantares. Tenemos sede en la iglesia Nuestra Señora de Guadalupe y cantamos los domingos a las 7:00 pm.

-¿Interpretan música venezolana?
-Algunas misas se las dedicamos a la Virgen de la Chinita, a la Virgen de Coromoto y a la Virgen del Valle, allí sentimos a la Venezuela bonita y puedes ver a la gente llorando cuando interpretamos galerones o gaitas, todos se emocionan cuando la venezolanidad se enciende. Siempre oramos por el renacimiento de Venezuela.

¡Venezuela, Venezuela!

Nuestra entrevistada siente a su país. A sus tres hijos les ha inculcado el amor por Venezuela. Es cierto que son jóvenes que viven su realidad como americanos, que se comunican en inglés y trabajan en USA como músicos profesionales, pero jamás han perdido el contacto con sus raíces.

-Cristina, ¿qué extrañas de Venezuela?
-Extraño de Venezuela mi vida en Venezuela. Extraño el contacto físico con mi familia. Pero ahora me duele, porque me acuerdo de ese pasado y me doy cuenta de que allí no me queda nadie. Pero fíjate que no puedo sentir impotencia, porque cuando salí las cosas no estaban tan mal como están en este momento. Lo de ahora me es ajeno, no lo conozco. Sé que no es bueno, pero no lo he vivido personalmente.

-¿Y qué ves desde la distancia? ¿Qué sabes de la Venezuela de ahora?
-Que está destruida, que está en agonía. Veo un país invadido por la codicia, por el odio, por muchos sentimientos negativos. Siento que a la gente luminosa la está apagando un país al que fuerzan a estar en la oscuridad. La mayoría está ciega, porque por tanto dolor e impotencia no encuentra un camino verdadero, de soluciones.

-Los venezolanos están a la deriva…
-Veo al venezolano rechazado por el mundo. No encuentra hogar, porque el de él se lo arrebataron. Vive en medio de la incertidumbre…

-El panorama que pintas es desolador, ¿será esta siempre la historia que contaremos?
-Creo que eso ya no está en nuestras manos. Pero la esperanza existe. Estoy segura de que la mano de Dios lo recuperará y restaurará todo. Él no desamparará nunca a su pueblo. Venezuela encontrará la salvación en Dios, ese día llegará.

La Providencia siempre ha sido una presencia constante en la vida de esta luchadora de todos los días. Bien sean un deseo o una certeza, las palabras de cierre de Cristina Cova de Belisario son un bálsamo de esperanza para cualquier venezolano que sufre por el destino de su tierra, pero que cree y confía en lo que Dios dispone para su pueblo. Entonces nos unimos a Cristina y con fe clamamos: ¡Que Dios proteja a Venezuela!

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