¡Qué vaina, vale!

Editorial / Venezuela RED Informativa

Los venezolanos, aparte de jodedores y alegres, siempre fuimos un pueblo bueno. Como individuos y como grupo, siempre hicimos el bien por los demás. De forma automática, sin pensarlo dos veces. Cuando surgía una desgracia, propia o ajena, nos destacamos por ser los primeros en hacer las colectas, en donar sangre o en rezar por los que sufrían. Siempre hicimos el bien sin mirar a quien.

Sin embargo, estos malnacidos también nos robaron parte de nuestra empatía. Nuestra solidaridad inmediata por quien está en un mal trance, padece hambre o es golpeado por una tragedia natural. ¡Eso también se lo cogieron!

¡Chávez y los suyos nos adormecieron los escrúpulos, quizás, porque nos dejaron desplumados, engañados y bien vacilados como gente!

Y ahora, lógicamente, no solo hacemos chistes con la muerte de Aristóbulo Isturiz, sino que la disfrutamos con sádica crueldad. Chávez y sus malvivientes nos inyectaron el virus de la venganza, el mal del odio. Y así, los rivales en la política se convirtieron en nuestros enemigos. ¡Es que “esto” se volvió un asunto de exterminio!

En la Cuarta República se decía que para acabar con toda la clase política del país solo se necesitaba de dos armas: una bala para liquidar a Gonzalo Barrios y una bomba que fuera activada en la funeraria donde lo estuvieran rezando. Simple: ahí, en el velatorio, estarían revueltos todos los peces, de todos los colores, del acuario político nacional.

En la hipotética funeraria del cuento, todo venezolano dedicado a la política estaría tomando café y dándose el pésame unos a otros. Todos los que tuviesen que ver con lo político en el país, en ese momento y lugar, estarían en neutro. En pausa de “diferencias”, para honrar al hombre depositado en el féretro y hacer un ejercicio inconsciente de humidad colectiva, sentido de humanidad compartida y empatía como raza.

Hoy, veinte y muchos años después de tanto abuso, muertes, robo a manos llenas, burlas y mamaderas de gallos, disfrutamos de la muerte de Chávez y de tantos otros de su pandilla, con enorme alegría y mucha fe. La gran mayoría de los venezolanos mantenemos la esperanza de un próximo reencuentro, entre todos ellos, en el mismísimo infierno.

Así que, ahora nos mantenemos a la espera de la retrasmisión de las exequias de Aristóbulo a través de Animal Planet, directamente desde la jaula de los monos del zoológico de Caricuao.

No queda de otra: ¡sembraron vientos, recogen tempestades!

Una parte gigantesca de este país, que era buena, nos complacemos ahora con escupir sobre las tumbas de tantos malvados que le pusieron un camión para arruinar y destruir a nuestra Venezuela.

¡En lo que nos han convertido! ¡QUÉ VAINA, VALE!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

12 + nueve =