¿Solos?

Mascaritas / Venezuela RED Informativa

¡Pero si siempre estuvimos solos! Desde que Colón se topó con el Golfo Triste, nunca el mundo nos paró mayores bolas. Apenas a unos pocos de aquellos tantos malhechores y trúhanes que se “apuntaban” en la Casa de la Contratación de Sevilla para iniciar el saqueo de los placeres de perlas en Cubagua, les dio por poblar a la Isla de Margarita. La gran mayoría estaba de paso en Nueva Cádiz del Sur, hasta que se le acabaron las perlas y se la tragó un maremoto.

A la Provincia de Coro la empeñó Carlos V para pagarle una plata que los banqueros Welser le habían “adelantado”, para sobornar a los príncipes electores que lo convertirían en Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

Así, aquellos alemanes “espabilaos” llegaron a Falcón, embrutecidos por el mito de El Dorado. Un embuste montado por los indígenas locales para convencerles en alejarse de las costas y meterse tierra adentro, a ver si la pegaban y se los comían los caimanes y las alimañas de la selva.

Pasaban y pasaban los años y no dejábamos de ser la “Provincia” de Venezuela. Un mal chiste de un cartógrafo italiano, que por joder comparó a las rancherías de palafitos del Zulia, con una Venecia de Mierda… o una vene-ZUELA. El mismo fulano, por cierto, que con su nombre patentaría todo un continente que él no descubrió.

Así las cosas, cuando al Rey Felipe II le dio por invadir a Inglaterra porque no se “arregló” con Isabel, la Reina “Virgen, y necesitaba reales para construir y dotar una fabulosa flota, La Armada Invencible, se le ocurrió vender “cosas”. Como si se tratara de una Venta de Garaje, puso al remate los cargos de los cabildos de las rancherías, que pasaron a manos de los hijos mestizos de los primeros conquistadores de nuestras futuras ciudades.

Por más de tres siglos lo que hoy es Venezuela, no sirvió ni para dar vueltos al Imperio Español. Por pobres y sin minas de oro o de plata. Sin poblaciones importantes de indígenas que esclavizar, nos dejaron solos. Por eso aprendimos a guerrear solos. Nos defendimos solos. Hicimos nuestra tierra, solos.

Montamos una economía de plantación basada en la pepa del fruto del cacao, que en Europa se lo tomaban como chocolate. A trochas y a mochas andamos los siglos de la colonia, hasta que llegaron los vascos con su Guipuzcoana a chulearse a los mantuanos criollos. Y, cuando la gota derramó el vaso. Cuando para finales del siglo XVIII Madrid se acordó que existíamos por allá por 1777, finalmente nos reconoció y bautizó como Capitanía General de Venezuela.

Por eso fue que hicimos como nuestros mejores amigos, a la escoria de las Islas de Barlovento y de Sotavento. Comerciantes a “turnos” que pagaban el cacao a buenos precios y nos vendían los productos que se fabricaban en Europa, saltando el estúpido monopolio español. Que ni lavaba ni prestaba la batea… ¡Siempre solos!

Así surgió nuestra rebeldía como raza. Así se construyó un gentilicio valiente y despreocupado tan intenso, que logramos acumular el récord histórico de la mayor cantidad de Gobernadores Coloniales, muertos en circunstancias sospechosas durante sus administraciones.

Total, se nos conoció como la “plaga olvidada”. Los hijos ilegítimos de un imperio lejano. El puerto marítimo donde recalaban en travesía directa desde la Península, un buque cada 27 años en promedio. Nuestras “conexiones” imperiales se llevaban a cabo a través de la Audiencia de Santo Domingo, o en las oficinas del Virreinato de la Nueva Granada. Eso explica el por qué fuimos capaces y sobrados para enfrentar y derrotar con violencia y experiencia al mismísimo Imperio Español, cuando estalló la Independencia. Nos levantamos como siempre solos, con todo y Decreto de Guerra a Muerte, como para que no quedará duda alguna de nuestro talento para resolvernos las “cosas”.

Por eso: ¿ahora nos vamos a echar a llorar porque otra vez el mundo nos deja solos, en medio de este desastre? ¿Realmente es tan tenebroso e invencible el ejército de ocupación, que el maldito traidor de Chávez invitó para tratar de esclavizarnos?

¿El “ejército” de un país que tuvo que hacer estallar un buque norteamericano anclado en viaje de “cortesía” en el Puerto de la Habana, para crear las condiciones de hacer explotar la Guerra Hispano / americana, para finalmente liberar a Cuba del decadente Imperio Español de finales del siglo XIX?

El viejo Rómulo Betancourt una vez se lo mandó a decir al mismísimo Fidel Castro, con todas sus letras. “Cuando Venezuela necesito libertadores no los fue a buscar a ningún lado, los pario”. ¡Que nadie se confunda!

En el ADN de todo venezolano está alojado el gen del “arrecho”. Del individuo que echa pa’lante. Solo o acompañado. Igual. Del tipo que pone un límite, un punto final a los abusos y las arbitrariedades en contra él o en contra de otros.

Raspe la epidermis de un venezolano, donde quiera que se encuentre. Se va a encontrar a una mujer que lleva sola a sus hijos a graduarse de médicos, aun cuando el padrote la haya abandonado con dos carajitos en la casa. Al hombre que le da y le da hasta que “le sale” el trabajo que está haciendo. Porque somos testarudos, fastidiosos y ladillas.

Porque este país, que es UNO y TODOS, se forjó desde la normalidad de la libertad del salvaje y el sin dueño. ¡Dejémonos de vainas! ¡Aun cuando siempre pensamos que SOLOS NO PODEMOS, habrá que PODER! ¡Por favor! ¡No estamos solos! ¡Contamos con Venezuela!

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