Viacrucis del diputado Renzo Prieto en mazmorras del régimen y las promesas que no pudo cumplir

Trinidad Martel / Venezuela RED Informativa

Renzo David Prieto Ramírez tiene una barba larga que se fue dejando crecer durante el tiempo que estuvo en la cárcel, pero con una bella sonrisa siempre que muestran halos de esperanza y lucha. Es la segunda vez que sufre las calamidades de la persecución política. Su tono de voz se caracteriza por la sonoridad del acento andino, aquel que se arraiga en la tradición del páramo y la familia, para narrar su experiencia en una celda de 2,40 metros cuadrados sin luz solar. Lo detuvieron el martes 10 de marzo de 2020 en The Hotel, Caracas. Una comisión de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) lo interceptó en la salida del hotel. El pidió la razón de su presencia. Ningún funcionario respondió y, para evitar la aprehensión de otros diputados, Renzo decidió irse con ellos.

Las paredes de la celda tenían una oscuridad perenne, donde los días y las noches son lo mismo, sin distinción, ni luz posible, pensaba en la promesa incumplida a su sobrino. El jueves 12 de marzo viajaría a San Cristóbal, ciudad natal y núcleo familiar, para celebrar su cumpleaños. Los dos tenían la emoción de otro encuentro para jugar fútbol en la cancha cercana al hogar tachirense, para estar juntos, para sentir, una vez más, el calor de la cercanía, pero todo fue interrumpido por el régimen. Renzo no pudo comunicar su ausencia y, con la estoicidad del cumplimiento de toda promesa como un pacto irrompible, sintió pesar durante su encierro. “Eso fue lo que más me afectó en esa situación: el haber incumplido y haberles quedado mal en esa oportunidad”.

Durante cuatro meses esperó en una celda de la sede del FAES en la Quebradita de San Martín, Caracas, para ver un rayo de sol. El 15 de julio salió para dar sus datos personales. Aprovechó, como nunca antes, para sentir el toque de los rayos hasta la insolación por tanto tiempo encerrado en la oscuridad. Nunca pudo hablar con su familia. Tampoco se enteró de lo que ocurría en el mundo. Estuvo secuestrado, sin razón y sin motivo, hasta el 31 de agosto de 2020.

Renzo Prieto nunca imaginó estar involucrado en la política. Mucho menos ser diputado de la Asamblea Nacional. Sus aspiraciones, mientras cursaba el bachillerato en La Grita, estado Táchira, en el liceo Ángel María Duque, estaban dirigidas a la vida militar y al deporte. Su primera incursión política ocurrió al finalizar el bachillerato. En quinto año decidió participar en el Centro de Estudiantes. Comenta que no era por aspiración política, tampoco por el delirio de participar en las pomposidades del discurso, sino que, simplemente, por la necesidad de contribuir en el mejoramiento del liceo y poner su “grano de arena”.

Renzo, así como nunca imaginó ser político, tampoco pensó que su activismo lo llevaría a prisión. Todo comenzó en 2014. La realidad del país se volvía un cúmulo de temores, zozobras y falencias. El expresidente Hugo Chávez había muerto, aunque se mantenía deambulando en el imaginario social a través de la propaganda y los ojos repartidos por la ciudad, como miradas vigilantes, y Nicolás Maduro era su sucesor.

El 4 de febrero de ese año las universidades del estado Táchira tomaron la decisión de protestar en contra de la apropiación de la fecha y la falsa celebración de un momento oscuro de la historia nacional. A las pocas horas la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) reprimió la protesta. Renzo decidió ir a su casa, pero en el camino recibió la llamada de algunos compañeros. Estos le comunicaron la detención de algunos jóvenes. Él regresó e intentó abogar por su liberación.

Viajó a Mérida para estudiar en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL). Recibió amenazas por redes sociales. La familia lo llamaba desde San Cristóbal para comentarle que lo estaban buscando y que no regresara a la ciudad porque su vida peligraba. El régimen lo catalogó de “terrorista” y, desde ese instante, la vida de Renzo se caracterizó por la cautela. Dormía en casas distintas y el dinero se le agotó. No podía volver a su hogar, a su familia.

El 10 de mayo de 2014 fue detenido en Chacaíto: “Ese día sentía temor a ser detenido. No quería salir, no quería moverme, pero lo hice por los compañeros que estaban tras las rejas. Horas después terminé siendo parte de la larga lista de presos políticos en Venezuela. Renzo iba al centro comercial Tolón, diagonal a la plaza Alfredo Sadel, era su destino. Ahí, comenta, estaría seguro y, de alguna forma, hubiera podido escaparse un momento, a una cuadra del centro comercial, pensó que la persecución había terminado y podría llegar a resguardarse. Pero, en ese instante, lo interceptó un carro blanco, sin placas. El copiloto se bajó, puso el cañón de la pistola frente a su rostro y le gritó: “quédate quieto”, seguido de una grosería que Renzo no quiere mencionar

Cuatro años en El Helicoide: El 12 de mayo fue la audiencia de presentación. Se le imputó la fabricación de armas y los delitos de tráfico de droga, instigación pública, obstrucción de vías públicas y asociación para delinquir en la modalidad de delincuencia organizada.

En 2015 la familia Prieto, con el apoyo de Patricia Ceballos, comenzó la campaña para elegir a Renzo, conocido como “Jesucristo”, como diputado. Él no se enteró de todo el proceso porque las visitas eran esporádicas. 800 kilómetros lo separaban de su familia. Esta vez decidió participar a nivel político porque, aunque reconocía que el régimen no respetaría la inmunidad parlamentaria, podría trabajar por el país al momento de salir. Y así fue.

El 6 de diciembre de 2015, con 67,61% de los votos, Renzo Prieto resultó electo como diputado suplente a la Asamblea Nacional, en el mismo circuito que Gabriela Arellano. En esas elecciones Rosmit Mantilla y Gilberto Sojo, presos políticos por el momento, fueron liberados al ser elegidos como diputados suplentes. El único que siguió preso por tres años más fue Renzo, hasta su liberación el 2 de junio de 2018. Este recuerdo amargo sobre el retorno a la cárcel, sin razones ni motivos, significó un quiebre moral para Renzo. Una vez más el régimen interrumpió su vida.

Estuvo en la sede del FAES en San Martín, Caracas, desde el 10 de marzo de 2020 hasta el 31 de agosto, cuando recibió el indulto. Cinco meses y 21 días sin ver a su familia. Sin luz, en plena oscuridad. En medio de una pandemia por covid-19. Ahora, luego de ser liberado, espera continuar con su labor incansable por el bienestar y estabilidad de Venezuela.

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